martes, 29 de septiembre de 2009

No me gusta que a los toros te pongas la minifalda...

...ni que te quedes dormido, que luego la gente tiene muy mala leche...




lunes, 21 de septiembre de 2009

Un mes después

Por fin he conseguido quitarme Bretaña de la cabeza. No es que pase de ella, pero por lo menos puedo estar haciendo cualquier cosa sin que me venga a la a la mente una imagen del viaje, o simplemente morriña por no estar allí.






Volveremos...

Los franceses

En general muy majos. Cierto es que la mayor parte de gente con la que tratamos fueron los de los hoteles, tiendas, centros comerciales, bares, restaurantes… que podrían tener alguna predisposición a atender bien a los clientes, aunque fuéramos guiris, pero no necesariamente tendría por qué ser así. Encontramos gente que se hacía entender (como los dueños del hotel de Coutances), gente que hablaba nuestro idioma (entre los hoteles, los centros de información turística y algún que otro camarero…). Vamos, que chapurreando unas palabras en francés, otras en inglés y, si tienes suerte, también en castellano te puedes mover más o menos bien.


Los hoteles

En general todos los hoteles han estado bien. Por supuesto, unos mejor que otros, pero por lo menos estaban limpios. Si no recuerdo mal, todos eran de dos estrellas menos el de Dinard, que era de tres, y estaban al nivel de su categoría. A veces las dimensiones de las habitaciones (y sobre todos los cuartos de baño) no eran muy grandes. (El que quiera algo grande… que se vaya a un cuatro estrellas!). Los buffets del desayuno estaban bien.

- Auray. Celtic Hotel. Muy cuco, aunque tenía dos pegas: las escaleras de subida (recepción) eran muy estrechas (no así las que salían del comedor) y no había ascensor (subir por las primeras con un equipaje voluminoso podría ser complicado…). La habitación y el baño… enanos.
- Brest. Bellevue : en la habitación había algunos mosquitos (de ahí lo de la matanza). El hotel tenía un aspecto bastante frío (a juego con la ciudad…)
- Dinard. Le Vieux Manoir: bien en todos los aspectos. Además el dueño hablaba castellano con bastante fluidez y era muy majo, lo que facilitó la estancia en esta ciudad.
- Coutances. La Pocatiere: bastante viejo y con las habitaciones y cuartos de baño pequeños. Los dueños, muy majos. Aunque no tenían ni papa de castellano nos indicaron muy bien a M. José y a mi qué ver por la zona… ¡en un momento en el que los intérpretes no estaban! Así que entre nuestro castellano, su francés y las ganas de todos conseguimos apañarnos. Si no recuerdo mal era el hotel más barato de todos.
- St. Lô. Best Hotel St. Lô. El que menos me gusto, no por el hotel en sí sino por su ubicación. Está a las afueras de la ciudad, en un polígono industrial y enfrente del cuartel de bomberos (afortunadamente esa noche no hubo fuegos y las sirenas nos dejaron dormir…) Tal cual lo vimos pensamos que era un hotel picadero… A pesar de estar en un polígono, tiene cerca un italiano, un McDonalds y un sitio de estos de costillas a lo yankee, así que por lo menos pudimos cenar cerca del hotel sin tener que deambular por el polígono.
- Rouen. Hotel Rouen St. Sever: otro con cuarto de baño mínimo y un sistema de grifería compartido entre la ducha y el lavabo bastante incómodo para ducharse (si no quieres dejar el suelo del cuarto de baño lleno de agua). Estaba a unos veinte minutos del centro, camino del cual había que atravesar un barrio, digamos, algo más humilde.
- Cognac. Cheval Blanc: Normal. El dueño (?) hablaba castellano perfectamente.

Recomiendo los de Auray, Dinard, Coutances y Cognac. El de Rouen no es un horror, pero para próxima vez que vaya intentaré reservar en uno un poco más céntrico. Y los de Brest y St. Lô… no merece la pena ir a esas ciudades, así que no puedo recomendar sus hoteles…

Días 13 y 14

Nos toca volver a casa, aunque desde Rouen serían muchos kilómetros como para hacerlos del tirón, así que haremos noche en Cognac (no sin antes hacer una parada en Alençon, otra de tantas ciudades francesas por las que dar un paseo agradable).

La ciudad que da nombre al brandy francés nos ha parecido un sitio bonito y tranquilo, aunque no es muy grande y no se tarda mucho en verla. Tiene además un bonito ayuntamiento en medio de un parque bastante chulo y muy bien cuidado (como lo vea Gallardón igual le da por mudarse al Retiro…).





A la mañana siguiente salimos hacia Zaragoza con el cansancio de varios días acumulado y muchas, muchas cosas pendientes de ver en futuros viajes.




Atrás quedan la primera parada técnica en los Pirineos franceses, ¡Rula!, ¿Te sobas?, la matanza de mosquitos en el hotel de Brest, las gaviotas cebadas para Nochebuena, los nombres en bretón con tantas ‘K’, el ‘Sácame del bolsillo’, los chichis chauds, los faros, las galletes de jambon con oeuf, las 1664 de 50 centilitros (tan rica que hasta M. José la bebía), la cococacola bretona, la hoja de gastos de Tere (¿quien ha pagado esto?), las rotondas… y más rotondas…

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Día 12

El día comienza fuerte con la visita a la Pointe du Hoc, un lugar estratégico desde el que los alemanes defendían con cañones parte de las playas del desembarco y que fue bombardeado muy intensamente por los aliados para facilitar las operaciones. Impresiona ver el terreno tan deformado por las explosiones, así como un montón de bunkers nazis, unos en peor estado que otros.

Para continuar, siguiente plato fuerte del día, pasamos por el cementerio alemán de La Cambe. Es más sobrio que los visitados anteriormente, aunque sobrecoge igualmente, si bien aumenta esa sensación el hecho de saber que el gobierno alemán no se encarga oficialmente del mantenimiento del cementerio. Al parecer, según la Wikipedia, del mantenimiento se encarga una especie de asociación humanitaria, que gasta unos 40 millones de euros anuales en el mantenimiento de los cementerios de guerra, de los que tan sólo el diez por ciento provienen de subvenciones oficiales. Así que al visitar éste no sólo te impregnas del sentimiento de paz que emana sino que se te llena el corazón de una soledad difícil de entender: que su país no reconozca el III Reich es más que comprensible, pero los soldados siguen siendo sus soldados. Muertos por y para nada y olvidados.












Sin embargo, me llamó muchísimo la atención el hecho de que había coronas de flores de regimientos británicos honrando a los muertos alemanes. Un poco el mundo al revés, ¿no?

Estando en medio de esa paz triste no pude evitar acordarme de mi abuelo, enrolado en la División Azul y, por tanto, compañero de armas de estos a los que estábamos visitando. Y a día de hoy sigo pensando que no sé para qué fueron (salvo que sea verdad esa historia que cuentan de que, en esa España sin pan, les prometieron el oro y el moro… para luego no darles ni las gracias).

Dejamos finalmente el ‘turismo de guerra’ para dirigirnos a Rouen. Para ello damos un rodeo y cruzamos el Puente de Normandía, un impresionante puente sobre la desembocadura del río Sena.



















Ya en Rouen visitamos la catedral, bastante tocada durante la 2ª GM pero bien reconstruída, y un casco histórico de visita imprescindible (volvemos a esa arquitectura centroeuropea típica que tanto me ha gustado… y de la que hoy nos despediremos…) Alguno de los edificios tiene posibles marcas de la guerra, aunque a estas alturas y pasados tantos años no sé si será una paranoia mía…



viernes, 11 de septiembre de 2009

Día 11

Pasamos por los alrededores de Sainte Marie du Mont, un pueblo de casonas de piedra llenas de historias y rodeadas de prados donde pastan vacas y ovejas ajenas al reclamo turístico que representa a día de hoy el desembarco llevado a cabo a tan sólo unos kilómetros de allí.

Tras ver las playas de Utah y Omaha terminamos visitando el primero de los tres cementerios de guerra que vimos durante el viaje. En esta ocasión es el turno del estadounidense. Está muy bien cuidado. Impresiona ver esas hileras interminables de cruces, y el silencio que reina en el lugar te hiela la sangre.






Otra vez en marcha, nos dirigimos a Bayeux. Por el camino vemos placas conmemorativas en todos los pueblos y banderas de EEUU en muchas casas. No sé si será parte de la parafernalia turística o si será una verdadera muestra de gratitud por los hechos acaecidos tantos años atrás, lo cierto es que a algún despistado le habría parecido que estábamos sobre territorio de los USA.

Ya en Bayeux y después de comer ‘de cualquier manera’, ya que ese día nos costó encontrar un sitio donde sacar la neverita, los chicos nos dirigimos a ver el museo del desembarco de esta localidad, mientras que las chicas se dan una vuelta por la ciudad, y aseguran que la catedral es impresionante. Después pasamos por el cementerio británico, más pequeño que el que vimos por la mañana y con las lápidas más juntas, pero igualmente sobrecogedor, supongo que por ser uno de los lugares de descanso de tanta gente muerta por la locura de un alemán con mal genio y bigote a lo Chaplin. Además, en la base de muchas lápidas había inscripciones, supongo que dedicatorias de los familiares de los que allí reposan. Al leerlas se te encoge el corazón.

Finalmente aterrizamos en St. Lô, una ciudad con muy poco que ver.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Día 10

A medida que vas viendo lugar precioso tras lugar impresionante, es inevitable pensar en que tienes que hacerte rico como sea para poder repetir el viaje, eso sí, de manera más pausada, disfrutando bien cada pueblo, cada bosque, cada campo… y poder quedarte una semana en un sitio que merezca la pena, cuatro días en otro…

Pero mientras eso ocurre tendremos que seguir contentándonos con tan sólo unos días de vacaciones (y gracias).

Esta mañana comenzamos el día parando en Port-Bail. Vemos allí la Iglesia de Notre Dame, del siglo XI, actualmente desacralizada y que se utiliza para albergar exposiciones.

Da pena ver sobre el antiguo altar, entre capas de yeso, antiguos frescos abandonados.

Además pudimos ver en la plaza del pueblo otro monumento a los caídos de las guerras precedentes (la guerra Franco-Prusiana de 1870-1871, y las dos guerras mundiales).

Tras tomarnos una cerveza y comernos unos pasteles (que estaban de muerte) ponemos rumbo al Cap de la Hague. Poco antes de llegar pasamos al lado de unas instalaciones fuertemente custodiadas y de bastante extensión que resultaron pertenecer a una planta de reprocesamiento de combustible nuclear (estaba claro que las vallas electrificadas no era para que no entraran a robar gallinas…).

Hacemos una parada en el puerto de Goury (lugar remoto donde los haya… en el que también encontramos unos aseos públicos… cuanto tenemos que aprender de nuestros vecinos del norte!).

Terminamos ascendiendo hasta la Nez de Jobourg, un acantilado con vistas preciosas sobre el mar. Una pena que el tiempo ese día no acompañara.

Tras bajar de la Nez por una carretera estrechita por la que nos cruzamos con un par de caravanas (¿dónde van, si más adelante no caben!) que hicieron más amena la conducción de M. José (¡que no pasamos los dos a la vez!) terminamos aterrizando en Sainte Mère Eglise, donde apenas tuvimos tiempo de ver la iglesia y el museo situado enfrente dedicado a los paracaidistas que participaron en las operaciones de la toma de Normandía.

No pudimos quedarnos a ver más porque teníamos que salir cagando leches hacia el hotel de Saint Lô, que resultó ser una especie de hotel picadero en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, frente al cuartel de bomberos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Día 9

Entre los buffets del desayuno y las cenas a base de galletes y creppes nos estamos poniendo cebones. En mi inmensa incultura he descubierto aquí las galletes. Pensaba que todo eran creppes, dulces o saladas, y resulta que no, que las creppes son las dulces y las saladas se llaman galletes. Pensando en ellas me he acordado de una historia que nos contó Doña Gloria en el colegio. Al parecer, con los ánimos del populacho bastante encendidos, a la tal María Antonieta no se le ocurrió otra cosa que decir que “si no tenían pan, que comieran galletas”. No mucho tiempo después sería ella la que dejaría de consumir galletas (con la cabeza separada del cuerpo es un poco difícil deglutirlas). Sin embargo, con este descubrimiento de las galettes de sarracin con jambon, oeuf y fromage, ¿no pretendería la monarca que el vulgo se cebara? Bien pensado, con la barrigota a reventar tiene que ser bastante jodido hacer la revolución…

Pajas mentales aparte, hoy nos movemos por Rennes, Fougeres y Coutances. La primera de las tres es la capital de la Bretaña, y merece la pena darse un paseo por ella. En esta ciudad volvemos a encontrar casas de arquitectura medieval. Lo que apenas encontramos (salvo en un par de plazas) es gente. Hubo momentos en los que estábamos casi solitos por la calle (y no recuerdo la hora, pero no creo ni que fueran las tres de la tarde). Claro que con los horarios que se gasta la gabachería, y más siendo domingo...






Fougères es otra de las perlas del viaje. Si bien el pueblo tiene bastante buena pinta, a lo que le dedicamos la mayor parte del tiempo fue a la fortaleza. Es una pasada y la visita, bastante bien organizada, ayuda a meterse en la piel de cualquiera de los que habitaron la zona en el medievo. Te das cuenta de que, si hoy la vida humana vale poco, en aquella época no valía nada.


Eso sí, si alguien que lea esto tiene pensado ir de visita que tenga en cuenta que debe acercarse con el coche todo lo que pueda a la zona fortificada: nosotros no lo hicimos, aparcamos cerca del ayuntamiento, y hasta llegar a la zona antigua tuvimos que caminar bastante a través de un parque muy chulo, eso sí, y con una pendiente muy considerable. Esta vez la pendiente era de bajada, pero a la vuelta… Para mi el paseo resultó agradable, pero no todos estaban por andar y se oyó más de una queja en el grupo…

Finalmente llegamos a Coutances, pueblo pequeño pero con una catedral preciosa. Estamos ya en la Baja Normandía, y se aprecian en algunos lugares las marcas de la guerra a modo de (supuestos) balazos en algunas paredes, bien en el ayuntamiento o en la misma catedral. Por un lado puedes pensar que ya les vale, que deberían haberlo reparado después de tanto tiempo. Por otro no deja de ser parte del reclamo turístico de la zona: ya estamos entrando en los famosos lugares del desembarco.

Día 8




Cometemos el error de ir a ver el Monte Saint Michel un sábado (no nos dimos cuenta a la hora de planificar el viaje). Si ha habido sitios (como Quimper) en los que hemos visto mucha gente, supongo que no sólo por ser Agosto sino que el mercadillo también tendría su parte de culpa, el añadir a la ecuación la variable ‘fin de semana’ termina por complicar la cosa. Así que llegamos a media mañana y vemos el parking atestado de coches y caravanas. Y el monte, no podía ser de otra manera, lleno de gente, tanto que a veces era imposible avanzar por la callejuela de subida. Al final decidimos darnos la vuelta a mitad de camino y dejar la abadía para mejor ocasión (lo que convierte esta historia en una excusa perfecta para volver a Bretaña). Eso sí, Fernando se quedó con las ganas de subir…

Lo que me parece horroroso del sitio este es que es demasiado comercial. Hay tiendas por todas partes, lo que le hace perder parte de la magia.



Al salir de allí pronto ganamos tiempo para ver Saint Malo. Empeñados como estábamos en ir por carreteras costeras, nos metimos por unos caminitos que hicieron las delicias de la conductora del día. Finalmente llegamos a la ciudad corsaria, que tiene una muralla impresionante y dos o tres fuertes (?) en islotes cercanos. Si bien la ciudad no es tan bonita como Quimper (ni como Dinan, a la que iremos después), es agradable dar un paseo intramuros. Su arquitectura no se corresponde con la típica centroeuropea que hemos visto en otros lugares, aquí predominan las casas de piedra (seguramente bastante más modernas).




Dinan… una de las joyas de la corona. Es una pena que no conserve toda su muralla. Tanto la parte medieval, muy extensa y bien cuidada, como las casas de piedra (algunas de ellas del siglo XVIII) son preciosas. Una vez más nos jode la visita que era día de mercadillo (de nuevo charlatanes vendiendo el Nicer Dicer, Levis, pistolas simuladas… a las puertas de una casa medieval. Sólo faltaba que hubiera paja y estiercol por las calles y oír de vez en cuando el grito de ¡agua vaaaaa! para terminar de ambientar la escena…).

(Hoy el Tomtom se ha portado mejor, aunque sigo pensando en comprarme otro…).



Día 7



Comenzamos el día en la playa de Brignogan, que no se diga que no metimos los pies en el agua (los pies y punto, que estaba helada!). Y continuamos por carreteras costeras en dirección a Roscoff, un puerto bastante importante en la región. Está bien para darse un paseo, pero no pasamos allí todo el día, que tenemos que ir todavía ver Fort La Latte y su faro vecino, el de Cap Fréhel.

El fuerte es precioso y está muy bien conservado. Dicen las buenas lenguas que allí se rodó la película ‘Los Vikingos’, de Tony Curtis y Kirk Douglas (haciendo de malo y con un parche en el ojo). Las malas lenguas dicen que la película era de Alfredo Landa, pero no termino de creérmelo... :-)






El faro, como todos: dando esa muestra de serenidad al borde de un acantilado con mayúsculas al que los insensatos de Fernando y Nacho tuvieron las santas narices de asomarse, y que los días de galerna tiene que ser uno de los lugares más inhóspitos de la comarca. Me llamó la atención, igual que en el faro de la Pointe du Raz, la extraña habilidad adquirida por M. José saltando de piedra en piedra sin caerse. Es ponerle una cámara en la mano y olvidarse de sus tobillos traicioneros.

Por fin (más tarde de la cuenta) llegamos al hotel en Dinard. Está mejor que los anteriores (ya os haré una crónica de los hoteles al final), aunque claro, es un tres estrellas. Lo mejor es que el dueño sabe español, lo habla muy bien, y es muy simpático, por lo que se nos hace muy cómoda la estancia allí. Nacho y Fer decían que además de español sabía latín, pero eso es ya otra historia.


(Puto Tomtom. Estoy hasta los webs de que pierda constantemente la cobertura. Creo que el problema está en que la conexión bluetooth del la PDA no va muy allá y a veces le cuesta entenderse con el GPS. Nos ha dado un día… No descarto comprarme un navegador en condiciones para la próxima vez que viajemos).
Otras locuras del tercero...
free counters